Hable con ella. Abre los ojos. Son títulos de películas españolas. Una de Almodóvar, otra de Amenábar. No sé por qué me ha dado esta noche por el cine. Será que se televisa en directo la gala de los Óscar. O será que tengo clavadita como una espina una frase que dijo el médico días atrás. Ángel y yo lo vimos entrar en la UCI una tarde y aprovechamos para lanzarle algunas preguntas. Le pedimos opinión sobre la probabilidad de que despertaras tras retirarte la sedación. Parecía algo pesimista: "Esto no es como en las películas, donde la gente se pasa cinco meses en coma y luego despierta". Entonces nos explicó que, tras una operación tan delicada y una vez pasados los efectos de la anestesia, las primeras 72 horas eran cruciales, así que, si no reaccionabas en tres o cuatro días, el pronóstico sobre una posible recuperación sería cada vez menos esperanzador. Jarro de agua fría.
Los días pasaron -dos, tres y hasta cuatro- pero tú seguías profundamente dormida, o esa impresión nos daba. La única mejoría era que la presión intracraneal bajaba, tus constantes se mantenían en niveles aceptables, la hinchazón de tu cara fue remitiendo e incluso el moratón de tu ojo izquierdo fue perdiendo color, desapareciendo casi de un día para otro, como si alguien hubiera decidido limpiarlo con una toallita desmaquillante. A pesar de que tu cara recuperaba poco a poco unas facciones más naturales, e incluso se te pusieron las mejillas sonrojadas (te dieron unas décimas de fiebre), los médicos solían pintarnos un panorama muy negro: "No hay cambio", "no responde", "no da señales de consciencia", "si sigue así...". Era como si se te acabara el plazo de la letra a pagar por la supervivencia.
No recuerdo ahora muy bien qué día fue pero, quizá con esa sensación de que se agotaba el tiempo, un día nos fuimos a casa pensando, cada uno por su cuenta, si estaba en nuestra mano hacer algo que complementara los cuidados hospitalarios (por otra parte insustituibles). Deseábamos lanzarte un cabo, todos los posibles, para que tuvieras donde agarrarte y pudieras alcanzar la superficie, saliendo del fondo de ese mar de puntos suspensivos en que nos tenías a todos. Una noche pensé pedir permiso en la UCI para poner música. Al día siguiente comprobé que no era la única que había llegado a una conclusión parecida sobre la necesidad de estimularte. Ángel había preguntado a Paco y Paquito qué canción era tu preferida, dispuesto a buscarla en Internet y reproducirla desde su móvil para ti. Curiosamente, nos dijeron que te gustaba Ghost. Y dale con las películas. En realidad, resulta hasta gracioso. La temática de la película no podía ser más apropiada... Quizá te debatías entre caminar hacia la luz o correr de vuelta. Ya nos contarás más adelante.
Aunque no lo parezca, ese día hubo un gran cambio en nuestra forma de afrontar el coma. Decidimos abandonar la espera pasiva, no apostarlo todo a los tratamientos médicos, sino aportar algo, pasar a la acción, proponerte asideros, estimularte, darte razones para volver a casa y ver crecer a tus sobrinos nietos.
Fue música, fueron canciones, fueron historias, fueron confesiones, ¡fue hasta un cura! Y yo además, en un descuido de mi compañero de visita, te conté un secreto... Un secreto que podría dar lugar a otra película.
Cuando los médicos pasan a verte, comprueban tus constantes vitales, revisan los informes de otros compañeros que salen de guardia, encargan un tac o una placa, preguntan a las enfermeras... tienen un montón de información a su disposición en la que, sin embargo, faltan datos importantes. Por ejemplo, no saben lo mucho que quieres a tus sobrinos de primera y segunda generación; desconocen lo nerviosa y cabezona que eres; tampoco tienen idea de que yo soy guionista y deseo tanto un final feliz para esta historia; no han visto a Angelito pedir que te cures a su tarta de cumpleaños; no tienen una máquina que mida la energía positiva que te manda Paco; no pueden calcular el poder curativo de las voces que te son familiares, de la risa que te arranca Ángel, del calor que Rocío te trasmite en sus caricias; no imaginan el apoyo que es para ti tito Cristóbal, que no falta a una visita... del valor de eso como fármaco, Nadie sabe. Sigo citando al séptimo arte.
Y sí, llega el día en que, contra pronóstico, abres los ojos. Primero con la mirada perdida y vidriosa; luego fijando algo más la vista. No ocurre en días sucesivos. Lanzas pequeñas señales y luego vuelves a rendirte al sueño, o eso parece. Pero aun con los ojos cerrados, te noto más comunicativa (Tu pie me dice que sí). El verdadero milagro llega este fin de semana, especialmente hoy domingo. Por la mañana varias personas te ven abrir los ojos e incluso girar la cabeza: la prima Mari, tu marido, Rocío y Paco, incluso mi hermana Gloria... Yo no soy testigo, pero me lo cuentan y me pongo contenta. Por la noche voy al hospital ilusionada...
26 de febrero. 20:05 horas. Hospital Carlos Haya. Tito Cristóbal, tita Mari Carmen, Dulce y yo estamos en el hall de la segunda planta, esperando que autoricen el acceso a la UCI. A las 20:10 dejan entrar a los primeros familiares, pero piden a los que tengan la tarjeta salmón que esperen un poco más...
Por fin nos llaman. Pasan primero tito Cristótal y tita Mari Carmen y enseguida separas los párpados. Minutos después lo veo con mis propios ojos. Me pongo muy contenta, la emoción me empaña un poco la visión pero contengo las lágrimas para que no me veas llorar. Te doy las gracias por este regalo. Y por el que viene después: tu hermano te toma la mano izquierda y se la estrechas. Has tardado dos días, pero has cumplido. Realmente necesitabas tu tiempo y nuestra paciencia. Salgo un momento por si Paco espera fuera, pero esta noche mi padre no le ha podido traer. Vuelvo a entrar y de nuevo nos miras. Te leemos un libro, te contamos historias, tito recuerda cuando eras una niña y asistías a una escuela femenina en el edificio que hoy ocupa el Hotel La Fonda, en Benalmádena. Luego se separa de ti un momento para acercarse a la enfermera y buscas su mano con la tuya, que parece haber quedado huérfana. Me sorprendo y le hago una seña a tito, que también se ha dado cuenta. Me parece un gran progreso. Tu hermano también sonríe. Otro gran logro, porque todos estos días se le ha visto muy preocupado.
Una vez más salgo a la sala de espera por si ha llegado algún visitante a última hora. Empiezo a contar las novedades por whatsapp. Esta alegría hay que compartirla.
Tito y tita salen de la UCI unos minutos antes de las 21 horas. Corro a despedirme de ti, pensando que te encontraré dormida. Pero me "ves" entrar y acercarme a tu cama. Recuerdo que me he cortado el pelo y ahora soy rubia. Te lo cuento por si no me reconoces. Entonces, te fijas mucho en mi cara, como queriendo valorar si me queda bien este cambio de look. Te tomo la mano y me la aprietas. Me invade la alegría. Te hablo de Angelito y de su deseo de cumpleaños. Ahora eres tú la que parece emocionarse. Estoy casi segura de que me has entendido. Después cierras los ojos y bostezas. Me avisan de que acaba la visita y debo salir. Te doy las buenas noches. ¡Hoy son realmente buenas! Te dejo en la cama 35, con la cabeza inclinada sobre la almohada hacia tu izquierda, como vencida de nuevo por el sopor, seguramente agotada.
Esta madrugada en los Óscar posiblemente triunfe La La Lang. Pero yo te doy a ti la estatuilla.
domingo, 26 de febrero de 2017
viernes, 24 de febrero de 2017
Tu pie me dice que sí
La palabra impone mucho. Hoy el médico habló de traqueotomía. Yo no estaba en la sala, estaba en el conservatorio, ultimando los preparativos de la beca para ir a Roma. Pasadas las dos dejé un mensaje vía Whatsapp a tito Cristóbal, pidiéndole el parte. Tito no lo vio hasta la tarde. Incertidumbre...
Después pregunté a Rocío, quien me dijo que ella estaba trabajando y no había podido ir al hospital. Hacia las 5 fue el propio Ángel el que me pasó algo de información sobre tu estado, y empleó la dichosa palabra.
Si ayer nos habíamos puesto contentos por el simple hecho de que habías abierto un poco los ojos durante la mañana, hoy de nuevo una noticia de las menos buenas. No pareces reaccionar. Pasan los días y nada. Esa "nada" que impide a los médicos certificar que hay actividad cerebral.
Esta tarde volví de nuevo al hospital para verte. Allí estaban ya tito y tita, Ángel y Rocío. También mi hermano Antonio, Paco y mi padre. Después de pasar casi todos a verte -Rocío no quiso entrar por estar algo resfriada- entré en la UCI recorriendo aquel pasillo hasta el fondo, como en días anteriores, y haciendo una parada técnica justo antes de la puerta rosa para desinfectarme bien las manos con aquel líquido azul disponible en dispensadores adosados a la pared. Empezaba a ser un ritual, un gesto necesario en la ceremonia de la visita.
Dentro de la habitación, a tu izquierda estaba Paco. Yo solía elegir siempre el lado izquierdo para hablarte, curiosamente el lado de la cabeza que tienes rapado. Pero hoy rodeé la cama y me puse a tu derecha. Me atreví a tocarte un poco más y estuve un buen rato acariciándote el antebrazo. Te di el parte del tiempo (soleado de nuevo), luego te conté mis actividades por la mañana, y después no se me ocurría mucho más. Bueno sí, te conté que habías celebrado la boda en un chino y que yo ese día me había empeñado en vestir vaqueros. Cabezonerías de adolescente.
Ángel te había dejado de nuevo el móvil sobre la almohada; sonaba otra vez El cóndor pasa. Paco me comentó que habías vuelto a mover el pie al escuchar música. Luego salió de la sala y volvió tito Cristóbal, que te habló con dulzura y también te tocó. Te tomó la mano y te pidió que la apretaras, que hicieras el intento. No hubo respuesta, pero él no se desesperó, te dio más tiempo, el que necesitaras...
Después dijo que quería salir antes de que acabara la visita, que no le gustaba que tuvieran que echarlo. Yo iba a seguirle, pero decidí apurar. Nos quedamos un momento a solas. Seguí acariciándote la mano y te conté lo que había leído la noche anterior sobre el coma y sobre las posibilidades de comunicación cuando el habla es imposible. Te puse el ejemplo de dar un "sí" pensando en la escena de jugar al tenis y un "no" visualizando que ibas recorriendo tu casa de una habitación a otra. Como yo no dispongo de electrodos ni de una gráfica de las ondas cerebrales, te sugerí un trato: cuando quisieras decir que sí, bastaría mover el pie derecho y yo lo interpretaría como un gesto afirmativo. Después probé a preguntarte si podías escucharme y noté que el pie se movió bajo la sábana, y lo volviste a intentar repetidamente durante los últimos minutos de la visita, mientras yo hablaba. Te habían puesto crema y la piel de tu brazo estaba como engrasada. De tocarte, parte del bálsamo pasó a mis manos. Decidí cogerte el dedo pulgar y te provoqué un movimiento de retracción, ahora en la mano. Tenía ilusión por ver progresos, por mínimos que fueran, y me puse contenta de notar cierta motricidad en tu lado derecho. Una de las veces que moviste la pierna, no te limitaste a flexionarla a nivel del tobillo, sino que llegaste a doblar un poco la rodilla. Te pedí tranquilidad, me conformaba con eso. No quería que se resintiera tu cadera, pues sabemos que tienes la pelvis rota en varios fragmentos.
También aprecié algunos movimientos de la boca, esta vez más leves que en días anteriores, pero era difícil lograr algo más, pues los tubos y gasas te dificultan esa labor. Por eso busco códigos de comunicación alternativos. Intento aplicar las estrategias que leí en un artículo especializado la noche anterior; también pongo en práctica algunos principios de propiocepción: te pido que seas consciente de la respiración, de dónde envías el aire y cómo este va circulando y se va repartiendo por todo el cuerpo hasta regar las puntas de los dedos, de manera que de estos emana un flujo de energía proyectada hacia afuera, conectando con el alrededor.
Te pedí que hicieras un sencillo ejercicio que aprendimos en una clase de improvisación: recobrar la sensación de estar tumbada en la playa, sobre la arena, y dejar un surco, una silueta singular.
Han pasado algunas otras cosas hoy. Por ejemplo, después del hospital, he tomado una cerveza con la familia de Mari Carmen, y también se unieron Virginia y Yael. Te hubiera encantado verla. Esta muy bonita (rubilla de ojos azules), ríe sin parar, se balancea en el carro de delante atrás, a veces con mucho ímpetu, y parece que come bien.
Pronto podrás verla y sonreír con ella. Todavía es posible. Yes, we can. Y perdona que suene a frase hecha, a eslogan político llegado del otro lado del charco.
Hoy me quedo con que tu pie me dijo sí... varias veces. Mañana pensaré cómo decirnos "no". A mí siempre me ha costado mucho trabajo. Será un buen entrenamiento para las dos.
Perdona si te resulto pesada cuando voy al hospital y me pongo a hablarte sin parar. Y más en días como este, en que estaba hablando un poco acelerada. Yo solo lo hago para estimularte, porque es de lo poco que está en mi mano.
Bueno, ahora sí, me caigo de sueño. Te quiero y deseo que mañana estés un poco mejor, pero ya sabes... sin prisa, paso a paso. Así se hace el camino, Tita Marti. Y tu pie dice que sí. Aún quiere dejar algunas huellas más en este mundo.
Besito,
Ana
Después pregunté a Rocío, quien me dijo que ella estaba trabajando y no había podido ir al hospital. Hacia las 5 fue el propio Ángel el que me pasó algo de información sobre tu estado, y empleó la dichosa palabra.
Si ayer nos habíamos puesto contentos por el simple hecho de que habías abierto un poco los ojos durante la mañana, hoy de nuevo una noticia de las menos buenas. No pareces reaccionar. Pasan los días y nada. Esa "nada" que impide a los médicos certificar que hay actividad cerebral.
Esta tarde volví de nuevo al hospital para verte. Allí estaban ya tito y tita, Ángel y Rocío. También mi hermano Antonio, Paco y mi padre. Después de pasar casi todos a verte -Rocío no quiso entrar por estar algo resfriada- entré en la UCI recorriendo aquel pasillo hasta el fondo, como en días anteriores, y haciendo una parada técnica justo antes de la puerta rosa para desinfectarme bien las manos con aquel líquido azul disponible en dispensadores adosados a la pared. Empezaba a ser un ritual, un gesto necesario en la ceremonia de la visita.
Dentro de la habitación, a tu izquierda estaba Paco. Yo solía elegir siempre el lado izquierdo para hablarte, curiosamente el lado de la cabeza que tienes rapado. Pero hoy rodeé la cama y me puse a tu derecha. Me atreví a tocarte un poco más y estuve un buen rato acariciándote el antebrazo. Te di el parte del tiempo (soleado de nuevo), luego te conté mis actividades por la mañana, y después no se me ocurría mucho más. Bueno sí, te conté que habías celebrado la boda en un chino y que yo ese día me había empeñado en vestir vaqueros. Cabezonerías de adolescente.
Ángel te había dejado de nuevo el móvil sobre la almohada; sonaba otra vez El cóndor pasa. Paco me comentó que habías vuelto a mover el pie al escuchar música. Luego salió de la sala y volvió tito Cristóbal, que te habló con dulzura y también te tocó. Te tomó la mano y te pidió que la apretaras, que hicieras el intento. No hubo respuesta, pero él no se desesperó, te dio más tiempo, el que necesitaras...
Después dijo que quería salir antes de que acabara la visita, que no le gustaba que tuvieran que echarlo. Yo iba a seguirle, pero decidí apurar. Nos quedamos un momento a solas. Seguí acariciándote la mano y te conté lo que había leído la noche anterior sobre el coma y sobre las posibilidades de comunicación cuando el habla es imposible. Te puse el ejemplo de dar un "sí" pensando en la escena de jugar al tenis y un "no" visualizando que ibas recorriendo tu casa de una habitación a otra. Como yo no dispongo de electrodos ni de una gráfica de las ondas cerebrales, te sugerí un trato: cuando quisieras decir que sí, bastaría mover el pie derecho y yo lo interpretaría como un gesto afirmativo. Después probé a preguntarte si podías escucharme y noté que el pie se movió bajo la sábana, y lo volviste a intentar repetidamente durante los últimos minutos de la visita, mientras yo hablaba. Te habían puesto crema y la piel de tu brazo estaba como engrasada. De tocarte, parte del bálsamo pasó a mis manos. Decidí cogerte el dedo pulgar y te provoqué un movimiento de retracción, ahora en la mano. Tenía ilusión por ver progresos, por mínimos que fueran, y me puse contenta de notar cierta motricidad en tu lado derecho. Una de las veces que moviste la pierna, no te limitaste a flexionarla a nivel del tobillo, sino que llegaste a doblar un poco la rodilla. Te pedí tranquilidad, me conformaba con eso. No quería que se resintiera tu cadera, pues sabemos que tienes la pelvis rota en varios fragmentos.
También aprecié algunos movimientos de la boca, esta vez más leves que en días anteriores, pero era difícil lograr algo más, pues los tubos y gasas te dificultan esa labor. Por eso busco códigos de comunicación alternativos. Intento aplicar las estrategias que leí en un artículo especializado la noche anterior; también pongo en práctica algunos principios de propiocepción: te pido que seas consciente de la respiración, de dónde envías el aire y cómo este va circulando y se va repartiendo por todo el cuerpo hasta regar las puntas de los dedos, de manera que de estos emana un flujo de energía proyectada hacia afuera, conectando con el alrededor.
Te pedí que hicieras un sencillo ejercicio que aprendimos en una clase de improvisación: recobrar la sensación de estar tumbada en la playa, sobre la arena, y dejar un surco, una silueta singular.
Han pasado algunas otras cosas hoy. Por ejemplo, después del hospital, he tomado una cerveza con la familia de Mari Carmen, y también se unieron Virginia y Yael. Te hubiera encantado verla. Esta muy bonita (rubilla de ojos azules), ríe sin parar, se balancea en el carro de delante atrás, a veces con mucho ímpetu, y parece que come bien.
Pronto podrás verla y sonreír con ella. Todavía es posible. Yes, we can. Y perdona que suene a frase hecha, a eslogan político llegado del otro lado del charco.
Hoy me quedo con que tu pie me dijo sí... varias veces. Mañana pensaré cómo decirnos "no". A mí siempre me ha costado mucho trabajo. Será un buen entrenamiento para las dos.
Perdona si te resulto pesada cuando voy al hospital y me pongo a hablarte sin parar. Y más en días como este, en que estaba hablando un poco acelerada. Yo solo lo hago para estimularte, porque es de lo poco que está en mi mano.
Bueno, ahora sí, me caigo de sueño. Te quiero y deseo que mañana estés un poco mejor, pero ya sabes... sin prisa, paso a paso. Así se hace el camino, Tita Marti. Y tu pie dice que sí. Aún quiere dejar algunas huellas más en este mundo.
Besito,
Ana
jueves, 23 de febrero de 2017
Bienvenida (de nuevo) a la vida (consciente)
Querida tita:
He abierto este blog para contarte todo lo que sucede mientras estás en coma. Así, el día que despiertes te podrás poner rápidamente al tanto de lo ocurrido en los últimos tiempos. No puedo precisar si se tratará de varias semanas (ya ha pasado al menos una de tu accidente), meses o años. Ahora mismo no sé qué va a pasar ni cuántas entradas me dará tiempo a escribir. Se trata de recoger aquí tus avances, por pequeños que sean; reflejar nuestras esperanzas, por mucho que nos desanimen los partes médicos; y recopilar todas las historias y anécdotas que surjan durante nuestras visitas al hospital.
Hoy es jueves 23 de febrero. Llevas una semana y un día en Carlos Haya. Bueno, en realidad ya es viernes, porque te escribo de madrugada. Son las 4:30, justo la hora en que saliste del quirófano después de una operación que había comenzado a medianoche. No hace falta recordar ahora qué te llevó hasta allí, sino quién o qué te salvó la vida. Dedicaremos a ello una próxima entrada.
La gran noticia de hoy: esta mañana entreabriste un poco los ojos. A mí, sin embargo, ya se me caen de sueño. Voy a tratar de dormir y mañana te cuento cómo va todo, si vuelve a llover barro en Málaga, si sale el sol, si notamos alguna señal nueva de que vas a despertar o si al menos nos escuchas mientras estás en coma. No voy a engañarte respecto a eso. Es tu estado actual y lo vives en nuestra compañía... Sí, he dicho "vives". Aquí aún no se ha muerto nadie. Un día más es un regalo que nos haces.
Buenas noches y buenos sueños,
Ana
He abierto este blog para contarte todo lo que sucede mientras estás en coma. Así, el día que despiertes te podrás poner rápidamente al tanto de lo ocurrido en los últimos tiempos. No puedo precisar si se tratará de varias semanas (ya ha pasado al menos una de tu accidente), meses o años. Ahora mismo no sé qué va a pasar ni cuántas entradas me dará tiempo a escribir. Se trata de recoger aquí tus avances, por pequeños que sean; reflejar nuestras esperanzas, por mucho que nos desanimen los partes médicos; y recopilar todas las historias y anécdotas que surjan durante nuestras visitas al hospital.
Hoy es jueves 23 de febrero. Llevas una semana y un día en Carlos Haya. Bueno, en realidad ya es viernes, porque te escribo de madrugada. Son las 4:30, justo la hora en que saliste del quirófano después de una operación que había comenzado a medianoche. No hace falta recordar ahora qué te llevó hasta allí, sino quién o qué te salvó la vida. Dedicaremos a ello una próxima entrada.
La gran noticia de hoy: esta mañana entreabriste un poco los ojos. A mí, sin embargo, ya se me caen de sueño. Voy a tratar de dormir y mañana te cuento cómo va todo, si vuelve a llover barro en Málaga, si sale el sol, si notamos alguna señal nueva de que vas a despertar o si al menos nos escuchas mientras estás en coma. No voy a engañarte respecto a eso. Es tu estado actual y lo vives en nuestra compañía... Sí, he dicho "vives". Aquí aún no se ha muerto nadie. Un día más es un regalo que nos haces.
Buenas noches y buenos sueños,
Ana
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