viernes, 24 de febrero de 2017

Tu pie me dice que sí

La palabra impone mucho. Hoy el médico habló de traqueotomía. Yo no estaba en la sala, estaba en el conservatorio, ultimando los preparativos de la beca para ir a Roma. Pasadas las dos dejé un mensaje vía Whatsapp a tito Cristóbal, pidiéndole el parte. Tito no lo vio hasta la tarde. Incertidumbre...

Después pregunté a Rocío, quien me dijo que ella estaba trabajando y no había podido ir al hospital. Hacia las 5 fue el propio Ángel el que me pasó algo de información sobre tu estado, y empleó la dichosa palabra.

Si ayer nos habíamos puesto contentos por el simple hecho de que habías abierto un poco los ojos durante la mañana, hoy de nuevo una noticia de las menos buenas. No pareces reaccionar. Pasan los días y nada. Esa "nada" que impide a los médicos certificar que hay actividad cerebral.

Esta tarde volví de nuevo al hospital para verte. Allí estaban ya tito y tita, Ángel y Rocío. También mi hermano Antonio, Paco y mi padre. Después de pasar casi todos a verte -Rocío no quiso entrar por estar algo resfriada- entré en la UCI recorriendo aquel pasillo hasta el fondo, como en días anteriores, y haciendo una parada técnica justo antes de la puerta rosa para desinfectarme bien las manos con aquel líquido azul disponible en dispensadores adosados a la pared. Empezaba a ser un ritual, un gesto necesario en la ceremonia de la visita.

Dentro de la habitación, a tu izquierda estaba Paco. Yo solía elegir siempre el lado izquierdo para hablarte, curiosamente el lado de la cabeza que tienes rapado. Pero hoy rodeé la cama y me puse a tu derecha. Me atreví a tocarte un poco más y estuve un buen rato acariciándote el antebrazo. Te di el parte del tiempo (soleado de nuevo), luego te conté mis actividades por la mañana, y después no se me ocurría mucho más. Bueno sí, te conté que habías celebrado la boda en un chino y que yo ese día me había empeñado en vestir vaqueros. Cabezonerías de adolescente.

Ángel te había dejado de nuevo el móvil sobre la almohada; sonaba otra vez El cóndor pasa. Paco me comentó que habías vuelto a mover el pie al escuchar música. Luego salió de la sala y volvió tito Cristóbal, que te habló con dulzura y también te tocó. Te tomó la mano y te pidió que la apretaras, que hicieras el intento. No hubo respuesta, pero él no se desesperó, te dio más tiempo, el que necesitaras...

Después dijo que quería salir antes de que acabara la visita, que no le gustaba que tuvieran que echarlo. Yo iba a seguirle, pero decidí apurar. Nos quedamos un momento a solas. Seguí acariciándote la mano y te conté lo que había leído la noche anterior sobre el coma y sobre las posibilidades de comunicación cuando el habla es imposible. Te puse el ejemplo de dar un "sí" pensando en la escena de jugar al tenis y un "no" visualizando que ibas recorriendo tu casa de una habitación a otra. Como yo no dispongo de electrodos ni de una gráfica de las ondas cerebrales, te sugerí un trato: cuando quisieras decir que sí, bastaría mover el pie derecho y yo lo interpretaría como un gesto afirmativo. Después probé a preguntarte si podías escucharme y noté que el pie se movió bajo la sábana, y lo volviste a intentar repetidamente durante los últimos minutos de la visita, mientras yo hablaba. Te habían puesto crema y la piel de tu brazo estaba como engrasada. De tocarte, parte del bálsamo pasó a mis manos. Decidí cogerte el dedo pulgar y te provoqué un movimiento de retracción, ahora en la mano. Tenía ilusión por ver progresos, por mínimos que fueran, y me puse contenta de notar cierta motricidad en tu lado derecho. Una de las veces que moviste la pierna, no te limitaste a flexionarla a nivel del tobillo, sino que llegaste a doblar un poco la rodilla. Te pedí tranquilidad, me conformaba con eso. No quería que se resintiera tu cadera, pues sabemos que tienes la pelvis rota en varios fragmentos.

También aprecié algunos movimientos de la boca, esta vez más leves que en días anteriores, pero era difícil lograr algo más, pues los tubos y gasas te dificultan esa labor. Por eso busco códigos de comunicación alternativos. Intento aplicar las estrategias que leí en un artículo especializado la noche anterior; también pongo en práctica algunos principios de propiocepción: te pido que seas consciente de la respiración, de dónde envías el aire y cómo este va circulando y se va repartiendo por todo el cuerpo hasta regar las puntas de los dedos, de manera que de estos emana un flujo de energía proyectada hacia afuera, conectando con el alrededor.

Te pedí que hicieras un sencillo ejercicio que aprendimos en una clase de improvisación: recobrar la sensación de estar tumbada en la playa, sobre la arena, y dejar un surco, una silueta singular.

Han pasado algunas otras cosas hoy. Por ejemplo, después del hospital, he tomado una cerveza con la familia de Mari Carmen, y también se unieron Virginia y Yael. Te hubiera encantado verla. Esta muy bonita (rubilla de ojos azules), ríe sin parar, se balancea en el carro de delante atrás, a veces con mucho ímpetu, y parece que come bien.

Pronto podrás verla y sonreír con ella. Todavía es posible. Yes, we can. Y perdona que suene a frase hecha, a eslogan político llegado del otro lado del charco.

Hoy me quedo con que tu pie me dijo sí... varias veces. Mañana pensaré cómo decirnos "no". A mí siempre me ha costado mucho trabajo. Será un buen entrenamiento para las dos.

Perdona si te resulto pesada cuando voy al hospital y me pongo a hablarte sin parar. Y más en días como este, en que estaba hablando un poco acelerada. Yo solo lo hago para estimularte, porque es de lo poco que está en mi mano.

Bueno, ahora sí, me caigo de sueño. Te quiero y deseo que mañana estés un poco mejor, pero ya sabes... sin prisa, paso a paso. Así se hace el camino, Tita Marti. Y tu pie dice que sí. Aún quiere dejar algunas huellas más en este mundo.

Besito,

Ana


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